“La propiedad de la tierra no es sinónimo de bienestar asegurado, ni de afincamiento en el interior”

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Después de la fallida toma de un campo en Entre Ríos, el presidente de la Nación, Alberto Fernández, vertió conceptos que motivaron respuestas encontradas de diversos sectores. La propiedad de la tierra, la demanda creciente de verduras de producción agroecológicas y la soja como expulsora de gente al hacinamiento en las grandes ciudades fueron, a mi entender, los principales ejes que motivaron las réplicas.

Centrándonos en el último concepto, respecto a la migración hacia las ciudades, la referencia a la supuesta culpabilidad de la soja que motivó un comunicado de ACSOJA: “La Cadena Argentina de la Soja promueve arraigo, desarrollo y empleo federal”, donde se expuso con fundamentos y datos estadísticos la importancia de la cadena en cuanto a sus aportes a empleo, inversión y exportaciones, la deja fuera de discusión, por el contrario, debería apuntarse como eje fundamental de cualquier plan de desarrollo. Me concentraré entonces en el concepto de la migración del campo a la ciudad.

La concentración de habitantes en las ciudades es un fenómeno mundial que se observa con mayor fuerza desde la Revolución Industrial donde la gente migra en búsqueda de mejores condiciones de vida; el fenómeno también se observa en países como Estados Unidos, donde muchos caminos vecinales están asfaltados, observamos modernas autopistas y al correo y el ómnibus escolar llegando a las puertas de las fincas, sin embargo los hijos de los agricultores van a estudiar a la ciudad y pocos vuelven, de ahí que la edad promedio de los farmers en muchos estados es alrededor de los 55 años. En Europa pasa algo similar, donde la edad promedio supera los 60 años a pesar de la excelente infraestructura con que cuentan los productores del viejo mundo. En ambos casos es a fuerza de subsidios y otros beneficios que le asignan sus gobiernos para que la gente se quede en el campo.

En China, la migración hacia las grandes ciudades del Este, muchas construidas en estas décadas de crecimiento económico a “tasas chinas”, fue a expensas de los agricultores o sus hijos que quedan viviendo en esas ciudades, donde cuentan con comodidades y mayores posibilidades de crecimiento personal.

Resumiendo lo acontecido en nuestro país en los últimos 100 años vemos que las sequías de la llamada “crisis climática de los 30” pegaron de lleno en los habitantes de lo que es hoy la provincia de La Pampa. El éxodo masivo de pampeanos (chacareros, propietarios y empleados rurales entre otros) que dirigidos a la Capital se iban bajando del tren entre Moreno y Ciudadela en ese incipiente Gran Buenos Aires; demostrando aún hoy sus hijos y nietos el natural reflejo de ese trance.

En los años 60, la llamada crisis cañera de Tucumán, que impactó asimismo en pequeños productores, empleados de la industria y obreros del surco originaron las “villas miseria”, así se bautizaron entonces, del Gran Buenos Aires entre otros destinos.

Una situación similar se vivió a fines de la década del 80 en la provincia del Chaco por los bajos precios del algodón y recurrentes sequías, que endeudaron a pequeños productores y los obligaron a dejar sus tierras, muchos con destino a los barrios marginales del Gran Rosario.

Por el contrario, ya en este siglo a mediados de la década del 2000, cuando a los chacareros de la pradera pampeana les empezó a “ir bien” por los precios de los granos, los buenos rindes fruto de la tecnología aplicada y acompañado por buenas condiciones climáticas, observamos que los hijos de los productores que obtenían su título universitario en Rosario, La Plata o en Buenos Aires, volvían a sus pueblos y ciudades para ejercitar su profesión.

Esto nos estaría demostrando que la propiedad de la tierra no es sinónimo de bienestar asegurado ni de afincamiento en el interior. Y que el éxodo hacia las grandes ciudades se da cuando al campo le “va mal”; y por el contrario, cuando al campo le “va bien” es donde se observa el mayor arraigo. Esto debe tener en cuenta toda política de estado que pretenda un desarrollo armónico de nuestra geografía. En ese sentido si se procura que la gente se afinque al campo habría que estimular aquellas actividades que dan mucho trabajo en la propia finca como las ganaderas, de carne y leche. Así lo entendió Brasil que estimuló el arraigo de los ganaderos en su extensa geografía llegando a ser el primer exportador de carnes, y de importar leche pasó a ser un jugador importante también en el negocio lácteo. Esta política hizo crecer también a pequeñas localidades para abastecer a esas producciones.

En Argentina, a pesar de los derechos de exportación, entre otras presiones impositivas que restan ingresos al interior, sumando las penurias de intransitables caminos y la baja conectividad; entre otros males que sufren los chacareros y los empleados rurales, se observa que los productores tienen una edad promedio que no llega a los 50 años y con un buen porcentaje de estudios terciarios. Esta es una situación inédita en el mundo; y que además debemos señalar que esos productores se destacan por el alto nivel de tecnología aplicada. ¿Podríamos imaginarnos que sería del interior y su producción si empiezan a corregirse estas falencias?

Por el Ing. Agr. Gerardo Gallo Candolo / presidente de Abopa

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